Crédito: Alma Rosa Pacheco Marcos

Nací en Sabadell, a 30 kilómetros de Barcelona, y todavía resuena en mis oídos el ruido que hacían con su vaivén las lanzaderas de los telares que llenaban las fábricas textiles ubicadas en las calles de mi ciudad natal, la que en el siglo XIX fue el primer centro textil lanero de España y era conocida como “la Mánchester catalana”.

Mi abuelo y mi padre fueron mecánicos textiles cuyo trabajo consistió en reparar las averías que con cierta frecuencia sufrían aquellas máquinas con las que se fabrican el hilo y las telas. Mi hermano, con una maestría textil, trabajó muchos años en diversas fábricas de España y México, aunque terminó por dedicarse a cosas muy distintas. Pese a todo ese bagaje geográfico y familiar, nunca me involucré en esas actividades ni tampoco me ha preocupado excesivamente vestir a la moda.

El improbable lector de estas líneas se preguntará que podrá tener que ver todo esto con la bioética. Yo tampoco creía que pudiera existir alguna relación, pero acabé descubriendo lo equivocado que estaba. Tuve que toparme con un pequeño libro de Marta D. Riezu, periodista que, cosas de la vida, nació en Terrassa, localidad ubicada a escasos 8 kilómetros de donde yo nací y comparte con Sabadell la capitalidad de la comarca del Vallés Occidental. Este librito se titula La moda justa. Una invitación a vestir con ética (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2021). En sus primeras páginas podemos leer lo siguiente:

Muchos animales se adornan; el sapiens es el único que se viste. La ropa ejerce un papel crucial en nuestra vida. Explica desde quiénes somos como individuos hasta quiénes somos como civilización. Es una manifestación cultural de primer orden que lo abarca todo: las protestas políticas, el arte, los avances tecnológicos. Como en toda declaración expresiva en la que se mezcla el dinero, en ella cabe lo mejor y lo peor del ser humano.

Aunque no estamos seguros del lugar que ocupa en cuanto a las empresas más contaminantes, es evidente que en la actualidad la industria de la moda es una de las varias facetas de nuestra sociedad de consumo que tiene repercusiones en el medioambiente.

Como tantos otros productos que se nos ofrecen a los consumidores hoy en día, la producción masiva de prendas de vestir –nos dice Riezu– es un fenómeno reciente que se ha desarrollado en los últimos cincuenta años:

De la costura se pasó, a principios del siglo XX, a la producción en serie. El prêt-à-porter contribuyó, por cierto, a la obsesión por la talla y las dietas, al obviar las medidas específicas de cada uno y establecer unas convenciones aleatorias.

A finales de los años ochenta apareció la fast fashion, concebida con un solo objetivo: ofrecer una oferta abundante, incesante y barata. ¿Cómo? Mediante un sistema de producción de respuesta rápida, inventarios dinámicos y decisiones modificadas en tiempo real. Los precios pueden mantenerse bajos estrujando a los proveedores, produciendo en países en desarrollo con condiciones laborales pésimas y plagiando con descaro ideas de otros diseñadores.

Nosotros, los consumidores de las prendas de vestir, ignoramos casi todo del proceso que atraviesa la ropa antes de llegar a nuestras manos. La industria de la moda es como una larga cadena cuyos eslabones, conforme nos alejamos del consumidor, se vuelven cada vez más borrosos y más opacos. Por ejemplo, sobre las fases iniciales de esta cadena, que incluyen la obtención de la materia prima y las condiciones laborales de los obreros de la industria, no sabemos casi nada.

Marta D. Riezu nos proporciona datos interesantes que dan mucho que pensar:

La industria de la moda provoca el 10% de las emisiones mundiales de carbono. Es la segunda manufactura que más agua consume y la responsable del 20% de la polución de los océanos.

En el planeta hay 75 millones de trabajadores que se dedican a confeccionar ropa. Menos del 2% de ellos gana un salario suficiente para vivir. Dicho de otro modo: el 98% de ellos se encuentra desprotegido, en un estado de pobreza sistémica.

De ese 98% desamparado, la gran mayoría son mujeres: el 75%. Las jóvenes europeas se proclaman comprometidas con la sororidad mientras visten camisetas con lemas como THE FUTURE IS FEMALE confeccionadas por chicas de Bangladesh que cobran 30 céntimos la hora.

La descripción que hace el periodista Roberto Saviano en Gomorra. Un viaje al imperio económico y al sueño de poder de la Camorra (Debate, 2007), en la que denuncia los negocios de la Mafia Napolitana, es escalofriante. El puerto de Nápoles, que recibe el 20% de las importaciones textiles de China, es el escenario de una maniobra de carga. Una grúa sostiene en el aire un contenedor que se balancea. De pronto, su puerta se abre y empiezan a caer cadáveres de chinos que se estrellan en el suelo. Cada uno con su nombre en una etiqueta atada al cuello. Son los cuerpos de los obreros que trabajan como esclavos en los talleres textiles clandestinos que alimentan la famosa industria de la moda italiana. Viven en condiciones atroces, a merced de sus amos. Al morir, su recompensa es la promesa de que su cuerpo será devuelto a su tierra para ser enterrado allí.

Esto es parte de un fenómeno global que diseca muy bien David Dusster en Esclavos modernos. Las víctimas de la globalización (Tendencias. Ediciones Urano, 2006):

El primer mundo necesita de mano de obra inmigrante e incluso precisa de colectivos foráneos que rejuvenezcan sus sociedades envejecidas, pero las condiciones de entrada abocan a la clandestinidad a buena parte de los emigrantes y por tanto facilitan un abuso sistemático y regular de quienes soñaron con abrazar el progreso que les estaba vedado en sus países de origen.

Volvamos a Riezu:

Un dato que me obsesiona: sólo usamos el 20% de nuestro armario. El resto de las prendas duerme el sueño de los justos.

Desde el año 2000 la producción de moda se ha duplicado. Antes del cambio de milenio las marcas presentaban dos colecciones anuales (verano e invierno), frente a las cincuenta actuales de las marcas de fast fashion. Se calcula que, de seguir este ritmo, el consumo de ropa aumentaría un 60% para el año 2030.

En Europa, cada persona compra cada año unos cuarenta artículos; vestirá cada pieza una media de diez veces antes de deshacerse de ella.

Una de las prendas más populares del planeta son los jeans. Asombra saber que para elaborar uno solo de estos pantalones, desde el cultivo del algodón hasta el producto final, se requieren 8000 litros de agua, el equivalente a lo que bebe una persona en diez años.

En este problema empiezan a aparecer soluciones que prometen una reducción considerable en el uso del agua para el teñido y estampado de las telas. En un artículo reciente publicado por el periódico español La Vanguardia, parte de la industria textil adopta ya la estrategia denominada innovation to zero que, entre otras cosas, consiste en implementar una forma de estampado utilizando impresoras digitales, lo que promete reducir hasta en un 97% el consumo de agua en este proceso. Otra de estas tecnologías ahorradoras de agua es la denominada Dry Fiber.

¿Y qué se puede decir de los animales que proporcionan la materia prima de algunas de las prendas de vestir? Podemos afirmar que las condiciones en las que son criados, tratados y explotados son terribles en la inmensa mayoría de los casos, sin ética alguna. Marta D. Riezu dice lo siguiente:

En un mundo ideal, una relación muy vigilada pero provechosa podría ser viable. La lana, por ejemplo: ¿no es una maravilla? El problema es la incapacidad del ser humano de honrar lo valioso, sin ningún freno moral a la hora de obtener beneficios. Millones de animales mueren por su piel, su lana, sus plumas o su pelo, obligados a vivir en condiciones de hacinamiento donde desarrollan heridas y enfermedades. Se los trata como objetos de usar y tirar. Tras una vida de tormentos, cuando ya no se les puede sacar más provecho, se los mata. Con indiferencia. Con impunidad. Y a otra cosa.

Si todo lo anteriormente expuesto pudiera resumirse en un viaje de ida que va desde las materias primas al consumidor que compra el producto, otro motivo de gran preocupación es el viaje de vuelta de las prendas que, una vez usadas (usualmente pocas veces), son tiradas a la basura o, en el “mejor de los casos”, depositadas en los contenedores que para tal efecto se encuentran en varias ciudades del orbe para su reciclado posterior.

Sobre este aspecto, el periódico El País realizó una investigación para conocer el destino de prendas depositadas en 15 contenedores de varias ciudades españolas. A cada prenda se le colocaron unos rastreadores electrónicos silenciosos ocultos en las costuras, de modo que pudiesen mandar información del desplazamiento de la ropa y su posición geográfica. Lo que descubrieron los investigadores es sorprendente. Desde España, las prendas llegaron a lugares tan remotos como Ghana, Pakistán, Kenia, Marruecos, Sudáfrica, Uganda, Ruanda y Zimbaue, por poner algunos ejemplos. En estos lugares, la mayor parte africanos, existen grandes mercados de ropa usada que se almacena en bultos que los clientes compran por kilo y a ciegas, pues sólo pueden revisar su contenido una vez que han pagado el precio. Por esa razón, parte del contenido está muy dañado, es irrecuperable y se tienen que desechar muchas prendas que se amontonan en basureros gigantescos, en las playas, en terrenos abiertos, etc. En esos basureros, la ropa se incinera en grandes piras. Todo ello contribuye a una contaminación muy grave de la tierra, el aire y el agua. Una buena descripción de uno de estos mercados de ropa usada, el de Kantamanto, ubicado en Accra, capital de Ghana, el mayor de aquel país y posiblemente de África occidental, la proporciona el periodista británico Oliver Franklin-Wallis en uno de los capítulos su libro Vertedero. La sucia realidad de lo que tiramos, a dónde va y por qué importa (Capitán Swing, 2025).

Según Riezu, ¿cuáles son los pilares innegociables de una moda más ética? Son tres:

Bienestar social. Los trabajadores deben poder llevar una vida digna, con una labor que favorezca su desarrollo personal y el de su comunidad, con salarios apropiados y condiciones de trabajo seguras y confortables.

Bienestar animal. Ningún ser vivo debe sufrir maltrato ni abuso.

Bienestar de la Tierra. Un uso sensato y consciente de los recursos naturales. Reducir y reparar el daño causado en los ecosistemas, y evitar que este aumente.

Para terminar, al final de La moda justa. Una invitación a vestir con ética, su autora incluye un glosario de términos relacionados con el tema del libro. Respecto a la palabra elegancia, dice lo siguiente: “Nada que ver con el aspecto, y sí con la educación, el esfuerzo y lo que uno aporte al mundo. Es decir, elegancia es todo aquello que no es visible pero que nos convierte en personas que valen la pena. Imprescindible para vivir en paz en sociedad”.

En su otro libro (hasta ahora sólo ha escrito dos), Agua y jabón. Apuntes sobre elegancia involuntaria (Compactos Anagrama, 2022) agrega lo siguiente: “La elegancia involuntaria no tiene que ver con la moda, ni con el dinero, ni con lo estético. Lo asocio a la persona que aporta y apacigua, a la alegría discreta, al gesto generoso. Ensancha y afina nuestro mundo. Está siempre cerca del silencio, el bien común, la paciencia, la naturaleza, la voluntad de construir y conservar”.

¿Hace falta agregar algo más?

Luis Muñoz Fernández

Médico cirujano especialista en anatomía patológica. Miembro del Colegio de Bioética, A.C.


3 comentarios en “La bioética del vestir

  1. ¿Andaremos en cueros? (propios, no usurpados de bisontes, avestruces, osos, borregos u otros…).
    Veo este escrito de Luis en medio de una doble contingencia atmosférica y leyendo sobre la aparición de micro-nanoplásticos en distintos tejidos de animales humanos y no-humanos (1-3); resulta URGENTE ver la forma de generar conciencia. Desafortunadamente el capital y el GAFAX (google, amazon, feis, anexas y xtwitter) nos tienen cooptados. Yo propongo buscar la utópica forma de generar un homo éticus ambientalis. El problema es directamente proporcional a las reservas existentes de petróleo (en otras palabras, la necesidad de energía). Dejar de usar popotes de plástico, vasos de unicel, bolsas de polietileno, productos cárnicos, y otras acciones miniatura como pagar un sobreprecio al café de «starsucks» (porque lo dedica a cafetales responsables), usar bici o un auto HEV simplemente es insuficiente (no dije inútil, dije ‘insuficiente’). El asunto nos atañe a Todos (con mayúscula), es parte de la bioética de los comunes.
    Adendum: ¿Alguien ha podido ver una serie titulada «Landman»? Yo no tengo acceso pero he visto ‘clips’ y lo que me llama la atención es la argumentación que utiliza el personaje principal (caracterizada por Billy Bob Thornton de manera excelente -y no me considero crítico, sino cine-melómano). Al escuchar al personaje queda claro que la industria de la extracción de petróleo sabe perfectamente lo que está haciendo, por qué lo está haciendo y cómo lo está haciendo. Y sabe que lo seguirá haciendo porque Todos nosotros vivimos como vivimos y necesitamos que lo sigan haciendo (lo reconozcamos o no). Así es que, mejor reflexionar y empezar a cambiar; ¿a qué? No tengo la más remota idea (¿pilas nucleares?). Como dicen por ahí, «todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que todos los otros» (Levinas).
    Pero claro, cuando saltan al escenario los Teuchitlanes y anexas nacionales, así como las trompadas internacionales (con Gaza y Ucrania intercambiando protagonismos), me veo en el espejo y no queda de otra mas que decir ¿»homo éticus»? ¿de qué me hablas baboso? En fin, soñar no cuesta…
    1. N Engl J Med 2024; 390:900-910. https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMoa2309822
    2. Science Advances 2025; 11(4). http://science.org/doi:10.1126/sciadv.adr8243
    3. Nature Medicine 2025; https://doi.org/10.1038/s41591-024-03453-1

    1. No se trata de ir desnudos sino de establecer normas éticas realistas para consumidores, gobiernos y empresas al menos en el ramo textil.

      El consumidor debe abandonar la cultura de la moda rápida y el consumismo, Podría presionar no comprando ropa a empresas que no cumplan ciertos estándares éticos pero estas medidas no suelen ser efectivas. El consumidor debe tratar de usar la ropa durante toda su vida útil. Además de este modo se reduce el desperdicio de recursos.

      Aunque tratemos de extender la vida útil de la ropa, la ropa moderna suele caerse a pedazos (literalmente) después de pocos meses. Las empresas deben elaborar ropa más duradera. Si hacemos cuentas, los consumidores quizá están gastando más en ropa con la cultura de la moda rápida que si la ropa fuera de mayor calidad. Además las empresas de moda (que en realidad no fabrican nada sino que sólo manejan las marcas y sirven de intermediarios entre los fabricantes y el consumidor final) si pueden presionar eficazmente para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores de la industria textil,

      Estas medidas pueden representar un aumento de los costos y los consumidores debemos aprender a absorberlos pero cuidando que la ropa de calidad no se convierta en un lujo. Además, los gobiernos deben establecer acuerdos internacionales para evitar que algunas empresas decidan bajar los precios recurriendo a malas prácticas y obteniendo así ventajas injustas sobre las empresas que cumplen las normas.

      Nada es instrínsecamente malo, todo depende de las circunstancias. El petróleo como fuente de energía es más limpio que el carbón y es superior al biodiesel pues el último requiere grandes extensiones agrícolas que competirían con las dedicadas a alimentos. Una bolsa de plástico que se use repetidamente es mejor que una bolsa de papel de un solo uso que, aunque biodegradable, requiere la explotación masiva de árboles maderables. El mayor problema son los plásticos de un solo uso y su abuso en la economía actual para el empaquetamiento de alimentos y otros productos.

      El otro problema con el petróleo es que su uso es ineficiente. Los autos particulares son muy ineficientes como medio de transporte, ninguna empresa de paquetería los usa. Como medio de transporte para personas es mejor el transporte publico, las motocicletas y los autos compactos y ligeros. Un auto compacto de tres cilindros emite menos CO2 que un tesla durante su construcción y vida útil. En un embotellamiento se consume combustible inútilmente. Mientras más grande el auto particular, más ineficiente es en consumo de combustible; esto último es válido también para autos eléctricos, híbridos o de hidrógeno.

    2. También debe explorarse la opción de la fabricación local. Transportar los productos a través de decenas de miles de kilómetros de mar también es un desperdicio de energía y el encarecimiento del combustible podría llegar a hacerlo inviable en un horizonte a 30 años.

      Usar un recipiente de plástico rellenable para llevar agua es mejor que comprar agua embotellada en botellas hechas de PET. ¿Qué quedaría de un auto eléctrico si le quitamos los derivados del petróleo, incluyendo las llantas?

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