“Los difuntos son parte de la vida, no de la muerte”.
—Arnoldo Kraus
El Universum, museo de las ciencias de la CDMX, montó la exposición “Our Body, el Universo dentro”, del 16 de mayo al 11 de agosto de este año. En su publicidad, la exposición ofrecía un recorrido por el cuerpo humano; seis salas para adentrarse en cada sistema orgánico, diez “especímenes”, tres torsos, más de 150 órganos humanos; también expresaba: “Lo que se aprecia en la exposición son cuerpos reales y majestuosamente conservados bajo un proceso conocido como preservación de polímero, que extrae agua de los cuerpos y los impregna de un polímero haciendo efectos de vacío”. La entrada a la exposición se permitía a partir de los tres años. ¿Llevaría a mis nietos a verla?
Al buscar una respuesta brotó mi parte bioeticista, y ésta quedó estupefacta. Varias preguntas acudieron a mi mente. ¿Cómo fueron obtenidos los cuerpos que se exhiben? ¿Se recibieron por donación, o cuál fue su origen? ¿Hubo consentimiento informado real en la donación? ¿Cómo fueron tratados los cuerpos durante el proceso de preservación de polímero? Llamar a los cuerpos humanos “especímenes”, y publicitar la presentación de “tres torsos y más de 150 órganos” me llevó a pensar que quizás esos cuerpos habían sido manipulados sin reconocerles dignidad alguna.

Mi reflexión partió de otra pregunta —siempre me pregunto—: ¿qué significan los cuerpos de los difuntos? ¿Son sólo un objeto? ¿Son la representación de la persona que fue? ¿Son meros despojos, o debemos atribuirle alguna dignidad? Antes estas reflexiones sería preciso distinguir, claro está, entre el significado que pueden tener los restos humanos para su familia y seres cercanos, para la sociedad en que habitó y, aún más, para la comunidad humana en su conjunto.
Cada época y cada cultura ha expresado de manera diversa los sentimientos que provocan la muerte y los difuntos. Ya desde los primeros vestigios atribuidos al homo sapiens se pueden ver pruebas de la celebración de ritos funerarios. Fustel de Coulanges, en su libro La ciudad Antigua, narra cómo las generaciones más antiguas creían en una existencia después de la actual, y consideraban la muerte no como una disolución del ser, sino como un mero cambio de vida. Ni en los pueblos greco-italianos ni entre los arios de Oriente se creía que el espíritu ascendía al cielo, sino que se pensaba que éste permanecía cerca de los hombres y continuaba viviendo su existencia bajo la tierra. Una segunda existencia que permanecía asociada al cuerpo.
De esa creencia primitiva se derivó la necesidad de contar con una sepultura. El alma que carecía de tumba no tenía morada, “vivía errante”; sólo la sepultura proporcionaba paz y felicidad. A los hombres les atormentaba el temor de que su cuerpo no yaciera en un sepulcro o no se observaran los ritos funerarios correspondientes —recordemos la lucha de Antígona por dar sepultura al cuerpo de su hermano—. Así, los muertos eran considerados seres sagrados. No importaba si el difunto (las referencias siempre fueron en masculino) había sido virtuoso o no; a su muerte, todos se convertían en dioses subterráneos, y las sepulturas eran los templos de estas divinidades; así se reconocía su dignidad.
Tumbas sencillas o mausoleos (según la capacidad económica de los herederos) han servido para resguardar los restos de los antepasados. Fue así como los cementerios se convirtieron en lugares de respeto, tanto por su aura de tranquilidad como por la belleza de sus monumentos mortuorios. Es verdad que ahora, sin embargo, lucen un cierto abandono, derivado quizás de la tendencia a incinerar los cuerpos, proceso que resulta más sencillo y económico. En todo caso, el trato al cadáver ha estado íntimamente ligado a las prácticas y creencias religiosas sobre la vida después de la muerte de cada persona.
La laicización de la sociedad, sobre todo la occidental, junto a los avances médicos, han producido un alejamiento progresivo de los ritos funerarios tradicionales para dar pie a un concepto más utilitario del cadáver. Éste puede ser el medio para obtener información sobre determinadas enfermedades, ser utilizado en la docencia o, con una más noble finalidad, servir como donante de órganos y tejidos, pero ¿podemos extender la justificación de su uso hasta las salas de exposición?
En respuesta a esta pregunta podemos decir que debe distinguirse entre las diferentes finalidades de la exhibición de los cuerpos. La muestra de cadáveres históricos como momias, esqueletos, cuerpos conservados natural o artificialmente, cumplen con fines históricos, científicos, didácticos o socio-culturales pues auxilian en la comprensión de rituales o características antropomórficas. Este tipo de exposiciones se llevan a cabo, usualmente, en ambientes propicios cuyo objetivo es contribuir al conocimiento de vidas pasadas. Al lado de estas exposiciones están aquellas que presentan a los cadáveres como forma de entretenimiento, que exceden el afán educativo y banalizan la dignidad de los cuerpos humanos, según se desprende desde el lenguaje utilizado en la promoción. La denuncia y el rechazo a este tipo de exposiciones no se fundamentan en una cuestión dogmática, por así decirlo, sino en serios cuestionamientos al objetivo real de dichos actos: la mercantilización del cuerpo humano, así como lesión a la dignidad y memoria de los fallecidos. Son numerosos los casos en que este tipo de exhibiciones han sido prohibidas o clausuradas, como ocurrió en 2009 cuando la jueza Louis-Marie Raingeard argumentó que “la muestra denigraba el cuerpo humano” y ordenó el cierre de la exposición Human Bodies en París.
Alguna vez considerados dioses y recordados en tumbas, los cuerpos de las personas fallecidas son reducidos, a través de este tipo de exhibiciones, a meros instrumentos de entretenimiento. Es un deber moral denunciar todo acto que menoscabe la memoria de los difuntos e instrumentalice el cuerpo de una persona fallecida. La muerte genera, en lo particular a los deudos y en lo general al Estado, derechos y obligaciones de protección a la integridad del cadáver y de su memoria. En México tenemos esa deuda pendiente; celebramos con folklóricos festines el día de muertos y, sin embargo, falta mucho por hacer para reconocer la dignidad de los cuerpos de las personas fallecidas. Y no: definitivamente no llevé a mis nietos a ver la exposición.
Ingrid Brena Sesma
Integrante del Sistema Nacional de Investigadores nivel 2 y del Colegio de Bioética A. C.
Ingrid Brena analiza aspectos importantes sobre el destino o trascendencia de los restos humanos: deben tratarse con dignidad y con respeto a lo que el ejercicio de la autonomía de la persona a quien pertenecían esos restos quiere (si es que dejó directrices al respecto), o hubiese querido (más complicado de determinar).
Y Brena deja claro que la introducción del espectáculo es contrario a esa dignidad exigible para el uso posmortem de los restos. Me hace pensar en las consideraciones de Arendt sobre la actuación de algunos individuos quienes, sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos por sentir que “están dentro de las reglas del sistema al que pertenecen”, no se preocupan por sus consecuencias, solo por el cumplimiento de las órdenes del sistema (la banalidad del mal).
Usos posibles de restos humanos empezando por órganos/tejidos para trasplante, modelos anatómicos para enseñanza, muestras tisulares para investigación son válidos pero, como dice Brena, requieren respeto por la autonomía y la dignidad de la persona a quien pertenecían. Cuando se introduce un sistema mercantil se demerita mucho ese respeto y por eso no es aceptada su comercialización; se vuelve espectáculo. Parafraseando a Arendt, es la banalidad del bien.
Agradezco el comentario de Patricio Santillán Doherty. Reflexionar sobre los cadáveres nos humaniza .Bajo condiciones de seguridad podemos escoger el fin de los los cadáveres de nuestros muertos, sepultura , incineración o darles un fin mas útil para la sociedad como donarlos para docencia, investigación o trasplantes de órganos, pero que pasa si esas condiciones faltan y no siquiera sabemos a donde están nuestros muertos.