Una pregunta permanece sin respuesta a lo largo de la historia del pensamiento: ¿somos seres con tendencia a la crueldad o somos intrínsecamente buenos? Hay quienes, como Nietzsche, denuncian la crueldad natural oculta detrás de los hábitos más comunes, mientras otros, como Rousseau, consideran que el ser humano es naturalmente bueno y es la sociedad la que lo cambia.

Hoy, después de todos los avances de la etología y, sobre todo, de la primatología, tenemos que aceptar que biológicamente pertenecemos a una familia no precisamente pacífica. En particular nuestro más cercano pariente evolutivo, el chimpancé, es tan cruel como nosotros: pero cambia, al igual que nosotros, ante una buena educación enfocada hacia la sensibilidad y la empatía.
Recientemente vi a mi nieto divirtiéndose al apachurrar cochinillas y recordé que en mi barrio introducíamos moscas en unas nueces huecas que se vendían ex profeso para ello. La nuez tenía “orejas” “ojos” y “cola” de cochinito y el revoloteo de la mosca encerrada hacía que se movieran. A las babosas les iba considerablemente peor: “échenle sal al animal”, era la primera frase de un juego, y tal cual lo aplicábamos a la babosa para verla retorcerse hasta morir. Sabemos que existen cosas peores: niños que, “jugando”, maltratan y matan perros o gatos. No: no creo en una bondad ni en una empatía natural.
Hace falta educar: si respetamos la vida animal, respetaremos también los hábitats de los animales, y si respetamos esos hábitats, no arrasaremos con ellos y el planeta podría salvarse. Si se me concede lo anterior, resultará evidente que es de suma importancia educar a nuestros niños en el respeto a la vida animal y a la vida en general, e incluso a aquellos entidades que, sin vida, son su sostén, como lo es el agua, el aire, las rocas, la tierra.
Es más sencillo inculcar valores en la mente de un niño que en la de un adulto: la plasticidad propia del cerebro infantil es infinitamente superior a la plasticidad del cerebro de cualquier adulto. Es preciso inculcarles valores con apego a la ciencia, en particular a la biología, así como a las ciencias del espíritu, en particular, a la ética. ¿Cómo hacerlo? Preguntándonos si el contenido que conforma su educación es o no empático con la vida.
En todos los idiomas existen, por ejemplo, rimas y canciones infantiles de una crueldad sorprendente. La conocida Alouette, gentille alouette es una hermosa melodía que, en pocas palabras, dice: je te plumerai (te desplumaré). En nuestro idioma, recuerdo aquel que “mató a su mujer, le sacó las tripas y las fue a vender”, entre muchas otras canciones que narran crueldades impensables para ser canciones infantiles.
Hemos sido una especie muy inteligente para algunas cosas, pero increíblemente imbécil para otras. Hoy el problema es que esas cuestiones aparentemente menores, han incidido en una pésima educación de la sensibilidad humana y eso está llevando al planeta a la destrucción de la vida.
¿Cómo cambiar esto? La bioética es una asignatura que debería existir desde la educación preescolar. Y el contenido de dicha asignatura no debe ser racional, más bien debe consistir en actividades que sensibilicen al niño ante la vida: que le hagan valorar la vida y que le lleven a comprender la importancia del respeto hacia los animales y hacia todos los seres vivos.
El contenido de una asignatura como la bioética para niños de preescolar, e incluso para niños de educación primaria, no debe ir dirigido al razonamiento, sino al la certeza inmediata de la intuición de que toda vida tiene valor y de que no tenemos por qué acabar con una vida mientras ésta no represente un peligro para nosotros o para nuestra comunidad. Y esto se logra a través de literatura infantil adecuada, de rimas infantiles adecuadas, respetuosas ante la vida animal, así como a través del conocimiento de datos verídicos, apegados a la ciencia, que hacen ver a la niña o al niño que los animales no son cosas, sino seres capaces de sentir tanto el dolor como el amor, y que respetar sus hábitats es respetar nuestro propio lugar en el mundo: ese es el camino para salvar la vida en nuestro planeta.
No se trata de asustar a niñas y niños con los datos verídicos sobre el peligro en que todos nos encontramos: eso solamente genera angustia que paraliza. El acento no debe estar puesto en la amenaza, sino en aquello que podemos hacer para frenar el desastre climático.
Ojalá el nuevo gobierno incluya en la educación básica ese tipo de actividades que provoquen respeto hacia la vida animal. Claudia Sheimbaum, nuestra inminente presidenta, así como Rosaura Ruiz, quien se encargará de ciertos aspectos de la educación en México, son mujeres de ciencia y conocen los problemas que se han originado por la falta de una educación en bioética: creo que ambas pueden ser sensibles ante la idea y la importancia de una educación bioética infantil.
Tenemos una gran esperanza: que nuestro nuevo gobierno, presidido por vez primera en la historia de nuestro país por una mujer, sea sensible ante los problemas ecológicos que ya han cambiado el clima en el mundo y que son una amenaza para la supervivencia de la vida en el planeta.
Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C.