El principio de beneficencia ¿siempre es beneficente?

Siempre he pensado que la bioética no nos da respuestas, más bien nos plantea preguntas, la mayoría derivada de situaciones dilemáticas, es decir, en donde no resulta muy claro cuál será la mejor decisión para quién, o cuál será el mal menor. Normalmente quisiéramos hacer lo que beneficiara a los demás, pero muchas veces no tenemos muchas opciones y resulta casi suficiente con no hacerles daño. Una de las dificultades de aplicar el principio de beneficencia es que quien valora si una acción es buena o beneficente sólo puede ser el sujeto que recibe dicha acción y no quién la ejerce, ni tampoco quienes la decidieron. Para tratar de aclarar a qué me refiero, daré un ejemplo con el siguiente caso.

Ilustración: Belén García Monroy

Norma es una mujer de 56 años, madre de dos universitarios, que como muchas mujeres en México padeció cáncer de mama. Después de la mastectomía, de ciclos de quimio y radioterapia fue dada de alta, pasó por la cirugía reconstructiva y logró seguir con su vida cotidiana en buenas condiciones durante diez años. En el transcurso de la pandemia no pudo realizarse estudios de seguimiento, y hace dos años, su padecimiento reapareció: sus estudios revelaron metástasis en pleura, costillas e hígado. Su cuerpo volvió a ser invadido con una toracoscopia para drenar el líquido pleural en su tórax y que pudiera respirar sin tanto agobio. Le colocaron un catéter en una vena cerca de su cuello para empezar de nuevo con las sesiones semanales de quimioterapia. Después de 21 sesiones (con la consecuente pérdida de cabello y otros trastornos que acompañan estos tratamientos), contrajo una infección bacteriana que entró por el catéter; hubo que suspender las quimios e internarla en el hospital durante semanas, para tratar la infección que amenazaba su vida.

Una de las dificultades para aplicar el principio de beneficencia es que el personal médico no logre ver la película completa, desconoce la historia y los deseos de los pacientes; sólo se fija en una duela del piso de una gran habitación, sólo ve una escena de la película, cuando llegan a sus manos remitidos por otro médico (acompañados de un enorme expediente) para que atiendan y curen una cosa en específico. Con esta escasa información ha de resultar difícil para ellos decidir qué es lo mejor para los pacientes que están a su cargo por un momento. La mayoría de los pacientes como Norma confían cien por ciento en quienes los atienden y no está mal, pues además que en su situación de vulnerabilidad y los dioses no les escuchan, necesitan aferrarse y creer en alguien para tener una esperanza, y quienes ejercen la medicina son los que saben bien cómo funciona el organismo, qué genes están mutados, conocen el mecanismo de los fármacos y las técnicas quirúrgicas que puedan sanar a los enfermos; pero también saben cómo evolucionan las enfermedades, qué tan favorable o desfavorable es el pronóstico. Sin embargo, lo que no enseñan en las facultades de Medicina ni en los hospitales es cuándo parar y dejar las manos fuera. ¿Por qué este fenómeno? ¿Será la influencia cristiana que aun a los ateos les hace conferir sacralidad a la vida (biológica) de los humanos? ¿Por qué sólo la vida de los humanos sería sagrada y la vida de los otros sintientes no? ¿Qué entendemos por vida humana? ¿Basta con que un organismo realice funciones biológicas ya sea por sí mismo, o asistido por procedimientos externos mecánicos o químicos? Que nuestra vida sea sagrada suena dogmático y poco científico —aunque quisiéramos que así fuera—, y la última pregunta suena muy reduccionista. De cualquier forma, ¿qué deberes tendríamos hacia la vida de alguien? ¿Mantenerla a toda costa, no importa bajo qué condiciones porque “mientras hay vida hay esperanza”?, ¿o más bien, cuidar y procurar que las vidas sean suficientemente buenas para ser vivibles?

Un año después de que Norma superó la septicemia y vivió un año con regular estado de salud —su familia duda si sobrevivió con bienestar emocional o psicológico—, un día se puso amarilla, tenía problemas de coagulación y respiraba con dificultad… de nuevo, las metástasis. La internaron por enésima vez, ahora para colocarle una prótesis que permitiera el drenaje de la bilis al intestino. Mientras se recuperaba en su habitación, dijo lo que nunca le habían escuchado decir: “Me siento muy mal, no quiero más”. Se quitó la mascarilla de oxígeno, se levantó de la cama y se desvaneció. El personal de salud corrió a auxiliarla, intentaron maniobras de reanimación y al no responder, llamaron a los familiares para preguntar si podían intubarla. Esta paciente, como la mayoría de los mexicanos, no contaba con una voluntad anticipada en donde hubiera podido expresar por escrito qué tratamientos quería o no recibir si se encontraba en una situación de salud límite, como ahora era el caso.

Tenemos varios escenarios dilemáticos; desde nuestro blog es fácil tomar decisiones y hacer juicios, pero cuando estamos en el papel de los médicos o de los familiares no se ve tan claro o no somos tan valientes para decidir. Aún no termina la historia. Le llaman a dos familiares cercanos, uno de ellos dice que no sabe si autorizar o no la intubación, que le pregunten a alguien más. La otra persona de la familia que conoce el sufrimiento y el cuerpo multilacerado de la paciente, piensa que el bien para la paciente es no intubarla, pero teme la reacción de los otros familiares y que un día le reprochen que dejó morir a Norma. Vemos aquí como el principio de beneficencia no pudo ser aplicado por los prejuicios que hacen ver que dejar morir es lo mismo que matar, cuando no es cierto. Ante el miedo de tomar la decisión y cargar con la responsabilidad, la familia llama a un tercero externo: su médico tratante, quien sorpresivamente dice: “Claro que sí, hay que intubarla, puede seguir recibiendo quimioterapia en cuidados intensivos”.

Me pregunto si esta decisión médica es beneficente, y si lo fuera, seguro no lo sería para la paciente. Y aquí está el dilema: el médico está convencido de que su decisión fue la mejor, cuando sabía que con ello no mejoraría la salud ni el bienestar de Norma, sólo prolongaría su dolor y angustia, así como el de sus seres queridos, pero seguiría con vida biológica, que para muchos es lo que importa, aunque la vida emocional y biográfica estuviera terminada. No hay que confundirnos cuando estamos actuando de acuerdo a la beneficencia y cuando no, aunque a veces la frontera se difumina.

Afortunadamente, en lo que se tomaba la decisión, Norma hizo paro cardiorrespiratorio irreversible antes de que consiguieran intubarla; ahora sí está libre de dolor y descansa en paz.

 

Beatriz Vanda Cantón
Médico veterinario zootecnista, doctora en Bioética. Académica en la UNAM, miembro del Colegio de Bioética

Referencias

Álvarez, Asunción (coord.), La muerte asistida en México. Una opción más para morir con dignidad, DEMAC-UNAM-Colegio de Bioética, 2017.

Beauchamp, T. L., y Childress, J. F., Principles of biomedical ethics, Oxford University Press, 2019.

Hanahan, Douglas, “Hallmarks of Cancer: New Dimensions”, Cancer Discovery, 12, 2022, pp. 31–46.

 

 


3 comentarios en “El principio de beneficencia ¿siempre es beneficente?

  1. El querer extender la vida no tiene nada que ver con el cristianismo. Sino con la promesa ilustrada de usar la ciencia y la técnica para adaptar el mundo y los cuerpos a nuestras necesidades. Cada muerte es para los médicos una derrota, pues suele medirse el bienestar de la población según el aumento en la esperanza de vida. Iván Ilich, Foucault, ya advertían sobre cierta soberbia de los médicos de triunfar sobre la biología. También hay que recordar todas las promesas para extender la vida o adquirir inmortalidad manipulando los telómeros, transfiriendo la mente a una computadora o a otro cuerpo, etc.

    Juan Pablo II se vió en una situación similar, y al final decidió ya no acudir al hospital y «ponerse en manos de Dios». En el cristianismo se piensa que los seres humanos somo finitos y debemos aceptar nuestra limitaciones.

    No se puede usar la ciencia para fundamentar la ética. La ciencia es saber técnico, «razón instrumental» en palabras de Habermas. Sería aceptable extender la sacralidad de la vida a los animales, pero negarla en todos los seres vivos, incluyendo los humanos, conllevaría consecuencias nefastas. Toda la lista de los derechos humanos están basados en la sacralidad de la vida humana; sólo hay que ver la vida en los países donde no se respetan los derechos humanos, donde hay ley marcial, o donde consideran que los derechos humanos sólo sirven para defender criminales. Los nazis no creían en la sacralidad de la vida, pero tenían excelentes científicos; los patólogos del resto de Europa y de EEUU sentían envidia de que los alemanes disponían de gran cantidad de cuerpos y tejidos para sus prácticas e investigaciones (antes de la guerra, por supuesto).

  2. No quiero implicar que esté mal incrementar la esperanza de vida. No vaya a ser que algunos políticos consideren que vivimos demasiado y permitan que la salud pública se deteriore.

  3. Fuera de discursos religiosos, la vida humana tiene elementos vidas de otros seres no, y la prueba es este escrito: podemos cuestionar estas cosas y hemos creado cosas mucho más allá de nuestra existencia meramente «natural». Eso nos pone en otro plano de relevancia. Cada vida vale la pena.

    Y hay elementos de prueba de la vida espiritual, así que jaque mate

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